CAPITULO PRIMERO
Introducción.
1
EL MÉΤΟDΟ
El divino Platón y el asombroso
Kant unen su poderosa voz; para preconizar la
necesidad de una regla para el
método de todas las filosofías, y aun de todas las
ciencias en general. Dos leyes,
dicen, la de la homogeneidad y la de la
especificación, deben emplearse
en igual medida, sin abusar de la una con perjuicio
de la otra. La ley de la
homogeneidad nos enseña, mediante la observación de la
semejanza y correspondencia o
armonía de la cosas, a formar con ellas especies y a
reunir estas especies en géneros
basados en alguna semejanza o cualidad común, para
luego juntar estos géneros en
familias, y así sucesivamente, hasta llegar a un
concepto, el más comprensivo, que
los abarque a todos. Como quiera que esta es una
ley esencial, transcendental de
la razón humana, presupone una correspondencia con
la naturaleza, suposición que se
expresa en el clásico axioma: entia praeter
necessitatem non
esse multiplicanda. Kant,
por el contrario, formula la ley de la
especificación: entium
varietates non temere esse minuendas. Esta exige que
separemos escrupulosamente los
géneros agrupados en la vasta noción de familia, lo
mismo que las especies superiores
e inferiores comprendidas en tales géneros,
guardándonos bien de dar ningún
salto, y, sobre todo, de no confundir una especie
inferior, y con más razón un
individuo, con la noción de familia, siendo cada
concepto capaz de un nuevo
desdoblamiento, sin llegar a la intuición pura. Kant
enseña que estas dos leyes son
principios transcendentales de la razón, y que
reclaman a priori el
acuerdo con las cosas, y Platón parece expresar a su modo la
misma afirmación al decir que
estas reglas, que constituyen el origen de todas las
ciencias, nos fueron arrojadas,
con el fuego de Prometeo, de la mansión de los
dioses.
2
SU EMPLEO EN EL PRESENTE CASO
A pesar de tan poderosas
recomendaciones, considero la última de estas dos reglas
poco aplicada a uno de los
principios constitutivos de todos los conocimientos, al
principio de la razón suficiente.
Si bien se le ha enunciado desde hace largo tiempo,
con frecuencia se ha descuidado
separar sus muy diversas aplicaciones, en cada una
de las cuales tiene una
significación distinta, y que delatan su procedencia de
diferentes facultades
cognoscitivas. Pero precisamente en el estudio de nuestras
facultades, el uso del principio
de homogeneidad, con desprecio del contrario, nos
conduce a muchos y hondos
errores, y, por el contrario, el uso del principio de especificación
nos hace dar los más grandes y
decisivos pasos. Esto se demuestra comparando
la filosofía kantiana con todas
las anteriores. Séame permitido reproducir un
pasaje en que Kant recomienda
aplicar el principio de especificación a la fuente de todos
nuestros conocimientos, dando así
autoridad a mis actuales estudios: «Es de la
más alta importancia aislar los
conocimientos que por su especie y origen son
distintos de los demás, y evitar
cuidadosamente que se confundan en una amalgama
con otros, con los cuales suele
mezclarles el uso. Lo que el químico hace al dividir la
materia, lo que hace el
matemático en sus más arduas operaciones, debe hacerlo con
mayor razón el filósofo, con lo
que obtendrá el provecho de poder determinar
seguramente el valor y la
importancia de determinados conocimientos adquiridos por
un uso incierto de la razón» (Crít.
de la raz. pur., Doctrina del método. 3).
3
UTILIDAD DE ESTA INVESTIGACIÓN
Si se llega a demostrar que el
principal objeto de nuestra investigación, no dimana inmediatamente
de una de las facultades
fundamentales de nuestra inteligencia, sino de
muchas de ellas, se seguirá de
aquí que la necesidad que entraña como principio a
priori, no es tampoco
siempre la misma en todas partes, sino tan múltiple como lo
son las fuentes del principio
mismo. Después, el que funde una conclusión sobre el
principio, tendrá la obligación
de determinar exactamente sobre cuál de las diferentes
necesidades que sirven de base al
principio de razón, se apoya, así como de darle un
nombre (ya los propondré). Creo
que de este modo se ganará algo por lo que respecta
a precisión y claridad en
filosofía, y tengo la claridad proveniente de la exacta
determinación del significado de
cada frase por una exigencia imperiosa de la filosofía,
como medio imprescindible para
precavernos del error y de las mixtificaciones,
y para que todo conocimiento
adquirido no pueda luego sernos arrebatado por
equívocos o ambigüedades
descubiertos posteriormente.
En general, el filósofo digno de
tal nombre, debe buscar y procurar en todos sus escritos
estas dos cualidades mencionadas:
claridad y precisión, y esforzarse siempre en
parecerse, no a un revuelto e
impetuoso torrente, sino más bien a un lago de Suiza,
que por su sosiego aparece más
claro cuanto más profundo, dejando ver su fondo
desde el primer momento. La
clarté est la bonne foi des philosophes, dijo
Vauvenargues. El seudo-filósofo,
en cambio, siguiendo la máxima de Talleyrand,
tratará, por todos los medios, de
ocultar, bajo las palabras, sus pensamientos, o mejor,
su falta de pensamiento, atribuyendo
a falta de perspicacia del lector la obscuridad de
sus filosofemas. Así se explica
que en algunos escritos, los de Fichte, por ejemplo, el
tono didáctico degenere con
frecuencia en injurioso, y, hasta curándose en salud, se
llegue a echar en cara, por
anticipado, al lector su incapacidad.
4
IMPORTANCIA DEL PRINCIPIO DE LA
RAZÓN SUFICIENTE
Tanta es la importancia del
principio de razón suficiente, que se le puede considerar
como el fundamento de todas las
ciencias. Ciencia no es otra cosa que un sistema de
conocimientos, es decir, un
conjunto de verdades encadenadas, en oposición a un
mero agregado de conocimientos. Y
¿quién sino el principio de razón suficiente
puede encadenar los miembros de
tal sistema? En efecto: lo que distingue a una
ciencia de un mero agregado, es
que sus verdades nacen unas de otras como de su
propio principio. Por esto decía
ya Platón:
kai γαρ αι δοξαι αι αληθεις ου
πολλοu αξιαι
εισιν,
εως
αν τις αυτας δηση αiτιας
λογισμw
(etiam opiniones
verae non multi pretii sunt, donec quis illas ratiocinatione a
causis ducta
liget. Meno., p. 385, Bip.) 8
Además, todas las ciencias
contienen nociones de causa, por las cuales están
determinados los efectos, y asimismo
otras nociones sobre las necesidades de las
consecuencias que emanan de los
principios, como veremos más adelante, lo que ya Aristóteles expresaba con
estas palabras :
πασa επιστhμη διανοητικh, η χαι μετeχουσα τι διανοiας, περί αίτιας και αρχάς
εστί
(omnis
intellectualis scientia, sive aliquo modo intellectu participans, circa
causas et
principia est. Metaph., V, 1).9
Y como el principio, supuesto por
nosotros a priori, de que todo tiene una razón, nos
autoriza a preguntar en todas las
cosas el «porqué», de aquí que este «porqué» pueda
considerarse como la madre de
todas las ciencias.
5
EL PRINCIPIO
Ya demostraremos que el principio
de razón suficiente es una expresión común a
varios conocimientos dados a priori.
Por el momento, tenemos necesidad de
enunciarle por medio de una
fórmula. Prefiero emplear la wolfiana, como la más
generalizada: Nihil est sine
ratione cur potius sit, quam non sit (Nada existe sin una
razón de ser).
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